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SUEÑOS REALIZADOS
-CÓMO ACTÚAN QUIENES ALCANZAN SUS METAS-
Mario Javier Vaena


La mayoría de las personas, con matices propios, nos cuestionamos el sentido de nuestras vidas. En algunas, se presenta esta búsqueda de manera clara y manifiesta, en otras se evidencia mediante un estado de confusión tristeza o frustración, pero difícilmente el ser humano no resulte en algún momento de su vida invadido por la necesidad de hallar un sentido. Esto involucra distintos aspectos, desde la fe y la mirada existencial hasta la actividad en la cual ponemos nuestro tiempo y nuestra energía. En definitiva, nuestro paso por la vida puede modificar —en lo pequeño o en lo mayor— el mundo en el cual nos desenvolvemos aportándonos la idea de dejar algo, no transcurrir en vano, ser útiles.

 
DOS CARAS DE LA ETERNIDAD
María Radó


CERO ABSOLUTO, VIDA ETERNA

Vino. Vino de verdad. Vino nacido de uvas, sol y fermentación. Délicatesse exótica, extravagante. Un lujo. Una rareza. Servido no en un vaso de vidrio, de papel o de material plástico, sino —refinamiento adicional—, en una delicada y frágil copa de cristal. Renato la levanta, observa a contraluz el color rubí foncé del añejo Tannat uruguayo, luego toma el primer sorbo, suave y áspero a la vez.
Cae la tarde. Como en un ritual, todos los atardeceres a la misma hora, Renato se entrega a sus dos íntimos placeres, a los únicos lujos que se permite en su vida frugal, casi monacal: una copa de buen vino, acompañada de alguna de sus piezas preferidas en un equipo omni-fónico de última generación. Esta vez eligió la Suite en Si Bemol Menor de Bach como música de fondo para la rememoración.


EL FRAILE Y LA MUJER

Estoy bajando una callejuela empinada, construida en forma de escalinata. Me siento bien, sin hambre ni sed, lleno de vitalidad.
Estamos en mayo. Es primavera. El aire está cargado de la fragancia de jazmines y azahares.
Estoy solo. El único ruido que se oye es el intermitente toc-toc de mi pata de palo sobre los adoquines.



NADA MÁS QUE DESEO, CUENTOS ERÓTICOS
Freda Mosquera / María Radó


 La bailarina negra subió al escenario vestida con una diminuta falda plateada y una franja dorada que le ceñía los senos. Tenía las piernas largas y delgadas, su cabello era abundante y duro, y caía sobre su espalda envolviéndola en un espeso aroma de perfumes mezclados al azar.
Cerró los ojos y tuvo conciencia de su soledad, una soledad absoluta y hermética que la acompañaba desde el viaje lejano extraviado en su memoria, junto a la travesía de un océano que la separó para siempre de su infancia, hasta el recuerdo de su primera danza ante los ojos expectantes de los hombres.
Extendió los brazos, levantó con lentitud una de sus piernas hasta dejarla erguida junto a su rostro y acarició con la planta del pie su mejilla.  Escuchó la música y volvió a sentir dentro de sí el designio de su corazón y de su raza.  Sus antepasadas más remotas bailaron danzas sagradas, luego sus hijas esparcidas violentamente por el mundo, bailaron al terminar las jornadas de trabajo, y ahora ella, Janaína, “la bailarina negra”, danzaba en un país extraño, en un oscuro bar, para sobrevivir.
Avanzó por la pasarela, moviendo las caderas y los brazos  con un dominio absoluto de su cuerpo.  Sintió que un ser mágico la habitaba y se entregó a la danza.  Se arrastró por el piso transformada en serpiente, luego levantó con lentitud las caderas, enseñó los dientes y apoyada sobre los brazos, fue pantera.  Después se abrió poco a poco, hasta que todos los hombres que la rodeaban pudieron ver la profundidad de su sexo...
(Freda Mosquera)


.... La puerta ventana está a medio abrir. La brisa mueve suavemente unas cortinas de voile color nube. De repente, un golpe de viento la convierte en imprevista y efímera bandera, que al flamear revela un torso desnudo de mujer, dos pechos pequeños, puntiagudos, perfectos. Incrédulo, Javier mira, enardecido, quiere ver más. ¡Qué ganas de tocarlos, de acariciarlos, de lamerles la punta! 
Cae el telón, la visión desaparece. La cortina pende inmóvil, paró el viento.
Esa noche Javier sueña con senos pálidos, tiernas palomas que tremolan en el viento, y con una mujer de grandes ojos húmedos.
(María Radó)



ALQUIMIA MAGNA
Daniel Fernández



Esteban cerró el libro y miró a su maestro con semblante inquisitivo. [...]
—No esperes nada de lo que leas desde la primera lectura. ¿Acaso se entiende la vida desde la primera vez que uno comienza a pensar en ella? La vida es como una cebolla a la que hay que ir quitando sus capas. También los textos alquímicos tienen distintos niveles de entendimiento. Medita en esas alegorías del sabio franciscano y encontrarás tu propia interpretación.
—¿Y si es una interpretación equivocada?
—Todas las interpretaciones son correctas. Lo que debes ser es honesto contigo mismo y aceptar las ideas que te vengan a través de la contemplación de los símbolos o en sueños.



AZAZEL
Eduardo Gudiño Kieffer



No podrás escaparte, bruja. No te dejaré...(Sonámbula sale de la cama y mientras sigue hablando va al arcón, saca la muñeca y vuelve a acostarse con ella) Te pudrirás en el calabozo. Te comerán las ratas y las cucarachas y los murciélagos...Él no podrá encontrarte. Se fue por ti y volverá por mí...Si tratas de huir haré que te maten. Confesarás todo...

 


LA MOJARRITA Y EL PEZ
Julio Llinás



El pez grande, viejo y sabio, iba nadando por el río.
Una linda y tierna mojarrita, al verlo, quedó muy impresionada y se le acercó. El pez abrió bien grande la boca y la mojarrita, temblando de emoción, se metió en ella. El interior del pez era tan enorme que la mojarrita, en vez de entrar en su estómago, se metió en su corazón.
Entonces el pez se enamoró perdidamente de ella. Pero al poco tiempo murió. Porque un pez viejo y sabio no puede vivir con una mojarrita en el corazón.



PERLAS NEGRAS -CUENTOS ESO-SATÍRICOS-
María Radó


Amo a la humanidad con un amor incondicional, ilimitado e inagotable, tan grande y tan profundo, que me faltan palabras para expresarlo.
Amo a la humanidad, lástima que no me gusta la gente.

Las obras de beneficencia, las sociedades de caridad, toda filantropía, hasta la más paupérrima cocina pública para ancianos o niños en la indigencia, siempre tuvieron mi más ferviente apoyo moral y, en lo posible, también pecuniario. Sin embargo, nunca se me hubiera ocurrido ofrecer mi trabajo personal como contribución a una obra de solidaridad.
Mi admiración por seres como la madre Teresa de Calcutta o Albert Schweitzer es ilimitada. Sin embargo, nunca se me ocurriría ir al África o a  la India para cuidar enfermos. No lo haría ni en mi propia ciudad.
Debo admitirlo, ese amor tan grande que profeso por la humanidad, es un amor abstracto.
Aunque también tengo mis amores concretos. No es toda la humanidad, es mi familia. Mi marido y mis hijos. Mi marido, –para este relato llamémoslo Pedro, como podríamos llamarlo Pablo, José o Juan–, es una singular conjunción entre pan de Dios y cascarrabias, el más dulce, el más tierno, o todo lo contrario, mordaz e hiriente. Según nuestros hijos y nuestros amigos, un santo, por haberme aguantado todos estos años. 

Siempre me entusiasmaron los actos heroicos solidarios, las luchas por la libertad, las gestas, las epopeyas. ¡Qué fervor despertó en mí la consigna de la Revolución Francesa: liberté, égalité, fraternité,! Pensándolo bien, siguen siendo los postulados básicos de una convivencia democrática. Lástima que ya pasaron más de doscientos años y seguimos sin concretar el sueño de un mundo justo y libre, en el que todo hombre amara al otro como hermano.
Desde pequeña me atrajeron las enciclopedias. Ávida de conocimientos, solía abrirlas al azar y leer una o dos entradas de la página respectiva. Un día, el tomo se abrió en una de las páginas correspondientes a la letra C. Era una enciclopedia ilustrada. Me llamó la atención el retrato de una mujer. Sentí una gran afinidad con ella. Leí: CORDAY, CHARLOTTE, nombre completo Marie Anne Charlotte Corday d’Armont, (1768- 1793), patriota francesa, asesina de Marat. Hija de un noble francés venido a menos, formaba parte del movimiento republicano moderado girondino, en el poder entre 1791-93. Mató a Marat en su bañera. El Tribunal Revolucionario la condenó a morir en la guillotina. Fue decapitada en 1793.
También figuraba el día. Era el de mi cumpleaños. ¡Fue decapitada el día de mi cumpleaños! Yo también sería capaz de matar por mis convicciones, pensé.  Me identifiqué con ella.
En ese entonces todavía no creía en la reencarnación. Fui educada en la religión católica, cuyas enseñanzas no incluyen la metempsicosis. Entretanto tuve varias regresiones espontáneas y estoy convencida de que ya estuvimos y que volveremos.
Años atrás, cuando todavía no creía en la transmigración de las almas –esa cadena invisible a la que, cada vez que volvemos a encarnar, se agrega un nuevo eslabón, otra vida–, tuve un sueño extraño, que no supe interpretar.

Soy Charlotte Corday. Es el año 1793. Los Jacobinos, Marat, Danton y Robespierre lograron echarnos del gobierno e instalaron el Terror. En mi corazón llevo el odio y bajo mi capa el puñal. Sin ser vista, me introduzco en la casa de Marat. Abro una puerta y entro en una de las habitaciones. En su medio hay una tina que cumple la función de bañera. En ella, un hombre. Lo reconozco. Extrañada, pregunto: “Pedrito, ¿qué haces en esta bañadera”?


ENTRE DOS MUNDOS, HISTORIA DE UN VIAJE
María Radó



Primer día

Nadie. Nadie en el muelle para despedirla, nadie a quien ella le importara.

Había llegado a Marsella de madrugada. Faltaban horas para subir a bordo. Dejó su equipaje en el depósito de la estación y deambuló por las oscuras calles desiertas. Lo desconocido. Ni un alma. Ni siquiera un borracho o un linyera. Tuvo miedo. Encontró una iglesia abierta, refugio por algunas horas. Entró. Pero se sentía distante, desconectada. Trató de recordar, en vano, cuándo había rezado por última vez. Le pareció que habían pasado eones, desde que en su corazón se extinguiera la fe, dejando lugar a la ceniza gris de la apatía. Mientras se celebraba la misa del alba, su mirada recorría las telarañas entre los arcos góticos. Intentó decir: “¡oh Dios!”, pero la Palabra era demasiado pesada. Volvió a las telarañas. Las miró fascinada –una hora, dos horas–, en duermevela.
Cuando decidió irse, nubes grises colgaban del cielo. Después de dar unos cien pasos, cayeron las primeras gotas. En la lluvia su desdicha era menos violenta que bajo un sol radiante, pero la idea de quedar empapada en una ciudad desconocida la asustaba. “¡Ojalá encuentre pronto a la Compañía Naviera!”, pensó. Y así fue. Retiró su pasaje. “¿Cuándo puedo embarcar?”, preguntó. “Si quiere, ya”, contestó el empleado.  Lo primero que se le ocurrió fue: “Dormir, dormir, dormir”, y con sólo imaginarlo, la invadió una sensación placentera. Se sorprendió ante su propia reacción. Le parecía asombroso que aún existiese algo que despertara sus ganas. 
“Estoy dejando el Viejo Mundo. El Viejo Mundo y todo lo que significa para mí. De hecho, todo lo que significa algo para mí está acá. ¿Pero qué significa algo para mí en este mundo?”, se preguntó. Tuvo que admitir que no había nada. Sólo un gran vacío, una negra nube de tristeza. Era el fin. Aún no vislumbraba ningún nuevo comienzo.
Ensimismada, con ojos que no veían, miraba desfilar las calles por la ventanilla del taxi, que la llevaría primero a la estación para retirar sus maletas, y luego al muelle. Allí aguardaba, impávido, el trasatlántico. Símbolo del paréntesis entre lo que concluyó y lo que aún no había empezado. Período de nada entre una etapa de desdicha y otra de incertidumbre.

POBRES DE NOSOTROS, HISTORIAS DE BUENOS AIRES
María Radó


 

Escribimos el año 2003. ¿No sería mejor decir que lo vivimos, lo soportamos, lo sufrimos? Estamos en la Argentina, en algún suburbio de la Capital Federal, de ese Buenos Aires querido (¿querido por amado o “querido”, como se lo dice maquinalmente al marido después de demasiados años de matrimonio, convertido en palabra cáscara sin contenido?), en un país donde más de la mitad de la población es pobre. ¿Qué quiere decir pobre? ¿Pobre de espíritu, de sentimientos, de esperanzas? ¿No tener para comer, para vestirse? ¿No poder pagar el alquiler, la luz, el teléfono, la patente? ¿Nada de diversiones, nada de vacaciones? ¿Mar del Plata, esfumándose,  desvaneciéndose, como una fata morgana, una ilusión, un sueño imposible? ¿La pobreza es falta de educación, de oportunidades, de futuro? ¿Ser pobre es no poder dormir de preocupación, perder el pelo, el apetito  –el sexual y el otro–, el deseo de vivir?
Hay poco trabajo, pocas ganas de trabajar, muchas ganas de hacer plata, fácil, rápida. ¿Qué es más fácil y rápido que sacársela a los que la tienen?
Si ser pobre significa perder el sueño, perder el pelo y perder todos los apetitos y las ganas de vivir, entonces, somos todos pobres, todos nosotros, pobres argentinos. Pobres de nosotros.
Los argentinos, todos pobres en algún sentido de la palabra, tenemos algo más en común. Tenemos miedo. Miedo de no tener qué comer, de perder el trabajo, del futuro incierto. Miedo a que nos roben. Miedo a que nos maten.
Seremos pobres, pero somos hermanos. Nos hermana el miedo.

 

JIRONES, VIAJES AL PASADO Y AL FUTURO
María Radó



Siempre fui hombre. Margarita también. Es la primera vez que somos mujeres.
Siempre fuimos inseparables.
Siempre fuimos pobres.
Tengo jirones de recuerdos de vidas anteriores. Hay uno especialmente vivo.

Estamos cabalgando. A galope tendido, como si estuviéramos huyendo. ¿De una batalla perdida?
¡Nada de sillas! Montamos sobre toscos cueros que cubren el lomo de los caballos. Son de tan poca alzada que nuestros pies casi rozan el suelo.
No tengo idea de dónde estamos. ¿En algún lugar de Asia? El paisaje, estepario. No hay bosques, ni cultivos. Siento el estómago agarrotado de hambre.
Margarita –tiene otro nombre que no recuerdo–, se queja porque perdió su espada. Quiere volver para buscarla. Le pregunto si enloqueció. Si vuelve para atrás lo matarán. Margarita se sigue lamentando por estar desarmado. Le prometo otra espada para cuando lleguemos al campamento.
El frío muerde. Los andrajos de cuero sin curtir, sujetos con tientos a nuestro cuerpo, no alcanzan a protegernos.  Asoman, velludos, los brazos. La barba hirsuta se entrevera con los tupidos risos de pelo en nuestro pecho. Gruesas trenzas enredadas recogen la maraña de cabello castaño.
¿Y ese penetrante olor? Fétido, nauseabundo, insoportable. ¿Será de chivo? ¿De marrano?
Es nuestro.

 

OTRA GÉNESIS, CUATRO CUENTOS DE AMOR
María Radó


 

Ulises, ¡eres tan hermoso! No puedo quitarte los ojos de encima, quiero llenarlos con tu presencia, encenderlos con tu imagen. ¡Qué mezquina la oscuridad que te esconde a mi vista!
Ulises, quiero estar siempre contigo. No separarme nunca de ti. Envolverme en el terciopelo de tu mirada, hundirme en la caricia de tus pupilas. ¡Qué avara la distancia que te aleja!
Ulises, ¡es tan dulce tocarte! Quisiera tenerte la mano, no soltarla nunca. A través de tus dedos, tu piel, recibir esa corriente electrizante que  me deleita, me derrite. Destino avieso ¿por qué quieres apartarnos?
Ulises, desataste en mí un vendaval terrible y hermoso. Barrió con todo, con mi educación, mis principios, mis convicciones.
¡Ulises! Eres hombre. ¡Qué pena! A pesar de todo, ya no puedo ni quiero vivir sin ti. Desafiaré al mundo entero, lucharé contra viento y marea, arremeteré contra cielo y tierra, para llegar a las estrellas. Para tenerte a ti, Ulises.
¡Ojalá fueras mujer!

 

PARAÍSO PERDIDO
María Radó


 

Algo salió mal. ¿Pero qué? El plan se ejecutó con una precisión escalofriante, sin lugar a error, no descuidando ni el más mínimo detalle. Como un reloj.
Tomé todas las precauciones. Nadie debía seguirme. Tenía que pasar inadvertido. Mimetizarme. Una rata entre ratas. Cara afeitada, zapatos lustrados. Pero pronto todo esto se acabaría, no tendría que fingir más.
Se suponía que no dejaría rastros. Pero lo hice. Adrede. Quería gritar mi verdad. Al fin y al cabo estaba haciendo historia. No podía simplemente desaparecer. Quería que me escucharan, que me recordaran, que me siguieran. Quería que mis enemigos se alarmaran, se atormentaran, se revolcaran. Que se dieran cuenta con horror de que nunca más estarían a salvo. Sin embargo tomé todos los recaudos para que el mensaje no fuera encontrado antes de tiempo. Recién después de cumplida la misión.
Nunca hallarán mi cuerpo. No yaceré sobre mi costado derecho, mirando al este, como hubiese deseado. Pero esto era sólo un pequeño precio a pagar por la gloriosa recompensa que recibiría. Estaba dispuesto a oblarlo, y mucho más. Jamás he rehuído el sacrificio, ni en aras de la perfección, ni en la persecución de una meta. Y menos ahora, cuando me jugaba todo para conseguir el premio mayor.
¿Mi cuerpo? ¿Dónde está? En ninguna parte. Se desintegró en el estallido, lo aniquiló aquella bola de fuego que yo mismo provoqué. Fue reventado, despedazado, hecho polvo, junto con los cuerpos de mis enemigos.
La noche anterior no dormí. En mi mente repasé todos los detalles de la operación, como si estuviera preparándome para un examen. Sería el examen más severo de todos. Exigía un trabajo previo riguroso. Traté de disipar mis dudas, mis resquemores. Debía sentirme resuelto e intrépido. Frío y filoso como la hoja que usaría.
Ayuné y recé. Purifiqué mi corazón, lo limpié de todo pensamiento o  deseo terrenal. La hora de la verdad se aproximaba. Pedí a Dios por Su perdón y me puse en Sus manos.
En la mañana me lavé. Me vestí con mi mejor ropa, verifiqué mis documentos, mi arma, mi coraje. Nunca dejé de rezar.
Continué rezando cuando abordé la máquina, cuando degollé al piloto, cuando tomé su lugar, cuando con una sensación embriagadora de triunfo la estrellé contra aquel odioso símbolo de la prepotencia, la primera de las dos torres de Satanás...


RUBOR DE DAMASCOS / Cuento "El Abrazo"
María Radó



Él

Soy alto. Más que el promedio. Piel oscura, gruesa, arrugada. Propia de mi edad de centenario largo. A mi follaje de hojas  elípticas, oblongas y acuminadas, cada primavera se agregan nuevas, zumosas y tiernas. Mi copa es densa, de tupida fronda. Dispenso una sombra generosa. Por ello también me llaman bellasombra. Aunque, cierta vez escuché decir a dos jinetes que se apearon a mi lado, que dormir bajo ella trae mala suerte. Eso fue mucho tiempo atrás, cuando ocasionalmente pasaban gauchos a caballo, en procura del poblado de San Isidro.
Florezco profusamente, con fláccidos racimos péndulos de capullos paliduchos, amarillentos y sin perfume. Me aferro al suelo con mis raíces sinuosas, semejantes a colosales tentáculos. No tengo tronco. Mis tallos leñosos, caprichosamente contorneadas, surgen desde la gruesa base que forma un macizo pedestal irregular. No soy arbor. Soy arbustum. Pertenezco a la familia de las fitolacáceas. Soy Sylvanus. El ombú.
Mi pasatiempo favorito: mirar el río interminable, sus gamas cambiantes de grises. Verlo fundirse con el firmamento en un abrazo tan íntimo que los límites se desdibujan. Cielo y agua se juntan, se amalgaman. Como si fueran amantes.
Hablando de mala suerte. La tengo yo con mi lugar de nacimiento. Sólo unos pasos más allá, en el parque sobre la barranca, del otro lado del muro, entre araucarias, palmeras y cipreses, estaría a salvo. Hasta los sauces, las casuarinas y los eucaliptos de la ribera tienen una existencia menos azarosa y más sosegada que la mía. Es un milagro que todavía esté aquí.
Cuando instalaron el nuevo ferrocarril, me truncaron. Cercenaron mis ramas de ambos costados.  De un lado interferían con el paso del tren, del otro con el de la gente. Quedé mutilado. Deforme. Durante todos los años de vía muerta nadie me mezquinaba lugar. Me había acostumbrado a la libertad, a  extenderme a mis anchas, al silencio poblado de pequeños rumores, al crecimiento descontrolado de yuyos y malezas, a la invasión de pájaros e insectos, a la ausencia de estrépitos y fragores causados por hombres y máquinas.
Al lado de la vía construyeron un paseo. Allí arremeten los humanos: a pie, en bicicleta, en patines. Se empujan, se embisten, se atropellan. Corren de un lado a otro como hormigas, sin la soberana mudez, la silenciosa asiduidad de aquellas. De día domina el ruido. Sólo la noche trae descanso. Un paréntesis en la permanente duda: ¿hasta cuándo me dejarán vivir?
Lo peor: el tren. Una lejana vibración que se intensifica. El suelo comienza a trepidar. Se mueve; las sacudidas me llegan hasta la médula. Cuando el convoy pasa a mi lado, me estremezco todo, desde mis raíces hasta la corona. Son sólo unos instantes que parecen interminables.  Cuando el tren recorre la vía más cercana, la intensidad del temblor es casi intolerable. A veces temo no resistir. Más que nunca envidio a las criaturas que se mueven libremente de un lado a otro. Ansío tener piernas para correr, alas para volar. No raíces que, como cadenas inexorables, me atan al suelo en el lugar donde el azar me hizo brotar. Si tuviera piernas podría saltar el muro para entreverarme con tipas, paraísos, cedros y jacarandaes. Podría subir al tren y viajar lejos, conocer otros lugares. Si tuviera alas, podría cruzar a la otra orilla. ¿Será más de lo mismo o todo diferente?
Vanas fantasías: un ombú no puede ni moverse, ni emitir sonidos. Si viniesen a talarme, no tendría la oportunidad de huir como el venado de la bala del cazador. Tampoco podré gritar mi protesta. Los  estremecimientos que me recorren, las voces que me invaden, son ajenos. Algún pájaro que se posa en una de mis ramas, se hamaca, salta y vuelve a lanzarse a los aires; el viento que me usa como su instrumento para manifestar su buen humor o su desplacer. Susurra o silba entre mis hojas; ora hace tremolar mis ramas con dulzura, ora las agita con rabia.
Envidio al caballo su galope, a la víbora su reptar, al insecto su vuelo. Envidio al pájaro su canto. Hasta a la rana su croar.  Quisiera ser como ellos y no un gramináceo con aspecto de árbol, estático y mudo.
Entre todas los seres vivientes, los que más envidio son los humanos.
Por el don de la palabra. Qué privilegio: hablar. Poder expresar lo que se piensa, lo que se siente. ¡Cuántas veces hubiera querido comunicarme!
Por el don del amor. Don supremo entre todos los dones. Cuán hermoso debe ser amar tan intensamente que el tú y el yo se confundan, se amalgamen. Como cielo y agua.
Quisiera amar y ser amado.

Ella

Pedí a Aquiles que nos detuviéramos al lado del ombú. Era mi primera salida después del accidente. Había sido un accidente estúpido. ¿Acaso no lo son todos? En un segundo, por algún descuido propio o ajeno, por una decisión equivocada, por estar en el lugar errado, la vida cambia. Alguien sano se convierte en lisiado, temporario o permanente. Los médicos me prometieron que en algunos meses --no precisaron cuantos--, me habría olvidado del asunto. Pero por ahora estaba confinada a una silla de ruedas. Los actos más banales de la vida cotidiana se transformaron en hazañas heroicas. Acostarse, levantarse, bañarse, vestirse --hasta cepillarse los dientes--, se volvieron aventuras riesgosas que, además de una planificación estratégica, exigían decisión y valor. Y también habilidad. Hacer equilibrio parada en una sola pierna. No volver a caerse. No sacar de su lugar ese largo clavo que junta los dos pedazos de un hueso en la ingle que, a mi sorpresa, resultó ser el de la cadera. Hasta mi accidente, al pensar en caderas, tenía la visión de movimientos rítmicos, de sensuales meneos. Nunca se me hubiera ocurrido asociar la ingle con ese oleaje de carnes en armonioso avance.
Aquiles acercó mi silla, lo más que pudo, a la base troncosa, ancha como una mesa. Extendí las dos manos y las posé, palma abajo, sobre la arrugada corteza. Asombrada, las volví a retirar: ¡el tronco quemaba! ¿Sería posible? Cautelosa, puse las manos otra vez sobre la áspera madera. No me había equivocado. Del monumental arbusto emanaba un calor persistente. Intenso, pero sin quemar,  me entraba por las palmas, trepaba por mis brazos. Era una sensación desconocida, vigorizante. Poco a poco bajé mis defensas y me abrí a las ondas de energía que comenzaron a fluir por todo mi cuerpo. Fijé la vista en la corteza rugosa, de un marrón apagado. Parecía la piel de un viejo paquidermo. Cerré los ojos. Al instante estuve rodeada de una cálida luz rojiza. Era como si hubiese entrado al interior del enorme arbusto. Me sentía llena de una fuerza vital desconocida. Con súbita resolución apoyé el peso de mi cuerpo sobre las palmas recostadas en la base del ombú, y me paré
--por primera vez después del accidente-- sobre mis dos piernas.

***

Retorné todos los días. Al principio todavía en silla de ruedas. Luego con muletas. Y finalmente sin auxiliares de apoyo, a la merced del dolor que me atizaba como un corsé de miles de agujas. El diafragma tenso, nuca, hombros, espalda y cintura contraídos en un solo calambre, pasé mi peso de una pierna a la otra, avanzando penosamente, paso a paso, hasta el ombú salvador. ¡Qué alivio, poder aferrar ese basto tronco, cerrar los ojos y zambullirse en el torbellino energizante! Abandonarse a la vorágine de sensaciones fantásticas, emocionantes, difíciles de describir: mi cabeza comenzaba a girar, más y más rápido; era como si se alargase, semejante a un tubo telescópico, por donde yo salía de mí misma, creciendo, elevándome, a un ritmo más y más vertiginoso. Más y más alto. Más y más lejos. Me sentía liviana como el aire y al mismo tiempo poderosa. Era un sentimiento glorioso, embriagador. "Algún día me escaparé", pensé. Pero por ahora flotaba dichosa, como un barrilete astral, ligado al cuerpo maltrecho que se aferraba con ambas manos a la rústica base leñosa. Después de una breve eternidad de gozosa entrega, tiré de los piolines invisibles de mi voluntad para hacer descender mi espíritu, y volver a achicarlo al tamaño de mi forma terrenal. Para despedirme acaricié la rugosa piel llena de estrías y caminé. Esta vez era diferente:  menos crispada, me movía con más confianza, con mayor soltura. A la busca del surco perdido de un andar despreocupado y natural.

El ombú también tenía otros visitantes: benteveos de vientre amarillo y coqueto antifaz; algún cardenal de penacho escarlata; zorzales pardos de rojiza pechera; una u otra torcaza de níveo collar; chingolos que parecían gorriones copetudos. Ocasionales bandadas de locuaces y escandalosas cotorras verdes. Unas minúsculas hormigas negras, que habían instalado su morada entre las tortuosas raíces, recorrían, diligentes, la base del tronco en donde yo solía apoyarme. Entusiastas, incorporaron mis brazos a su ruta, como si fueran otras ramas más. Ninguno de ellos me molestaba. No interferían en el coloquio con mi gigantesco amigo.
Pero a veces, al llegar, encontraba a otros intrusos. Apoyaban sus bicicletas contra el ombú; se sentaban en el ancho tronco horizontal que se ofrecía para el descanso como un tosco banco de lomo redondeado; los más jóvenes y alborotados trepaban a las ramas más altas. En esos días me quedé sin terapia. Me iba, cabizbaja. Decepcionada. Triste. Con rabia. Y, ¿por qué no?, celosa.

***

Aquiles, mi único hijo, nació unos meses después de mi desembarco en este país, mi nueva patria. Le di el nombre de su padre, ya que no pude darle su apellido.
Recién en el barco me di cuenta de que estaba embarazada. Al principio atribuí el atraso, las náuseas, a mi desesperación. Estaba enferma de desdicha. Tenía el corazón destrozado. Unos días antes del viaje, el padre de Aquiles me comunicó que no nos casábamos y  que no vendría conmigo. Iba a ser el inicio de una nueva vida juntos. Habíamos decidido casarnos contra la voluntad de sus padres y emigrar. Éramos demasiado jóvenes. Y él demasiado débil.  Optó por la vida cómoda, sin sacrificios. ¿Y la felicidad? ¿Y el amor eterno que nos habíamos jurado? Me dejó ir, sola. Sin promesas. Sin siquiera una palabra de aliento. Si hubiera sabido que yo esperaba un hijo suyo, ¿las cosas hubieran sido diferentes? Le escribí. No recibí respuesta. ¿El correo habrá perdido mi carta? ¿Sus padres la habrán interceptado? No supe más de él.
Nunca más me enamoré. Soy mujer de un solo amor. Con el tiempo acepté lo inevitable. Años más tarde decidí casarme,  para darle un hogar a Aquiles, pero no resultó. Creí que con la amistad alcanzaba y me equivoqué.
Ahora vivo con Aquiles. Es un buen hijo. Algún día se casará. Entonces me quedaré sola.

***

Aunque ya no tan sola. He encontrado al ombú. Aparte de Aquiles llegó a ser el ser viviente que más quiero en ese mundo. Quería darle un nombre. Jugué con la idea de llamarlo Aquiles a él también. Era el nombre de mi único amor. De mi único hijo. Pero no. El ombú debía tener un nombre que fuera sólo suyo. Con ese voluminoso porte seguramente hubiera querido ser árbol. Decidí llamarlo Sylvanus.

***

Pasaron los meses. Con la energía vital que me transmitía el ombú volví a caminar como antes. Ya no lo necesitaba. Sin embargo no dejé de visitarlo ni un solo día. Era feliz en su compañía. Había nacido entre nosotros una relación muy especial. Con sólo tocarlo y cerrar los ojos se establecía la comunicación. Fácil y fluida. Directa y sin rodeos. Sin el obstáculo y la limitación que significan  las palabras.
Sin la posibilidad de mentir.
Ahora que ya no tenía que pedirle ayuda, sólo disfrutaba de ese  entendimiento mágico que habíamos logrado. Me dediqué a él, a averiguar sus deseos, sus temores. Yo le debía mucho. Quería retribuírselo en mi pequeña medida. Así  supe que temía ser talado. Y descubrí su sufrimiento cada vez que pasaba un tren, especialmente en la vía más cercana a él. Con las manos apoyadas sobre su lomo, solía sentir la vibración del convoy que se aproximaba. Cuando él comenzaba a temblar violentamente de pies a cabeza, lo apretaba con todo mi cariño. Trataba de infundirle coraje. De tranquilizarlo. Devolverle algo de la energía que él me regalara tan generosamente. Tuve la satisfacción de notar, a medida que pasaba el tiempo, que soportaba mejor las sacudidas recurrentes causados por los trenes, que pasaban a intervalos regulares en ambas direcciones. Ya no le importaba tanto, ya no vibraba en sus fibras más íntimas. Había logrado reducir la anterior agonía al grado de una simple molestia. ¡Qué feliz era por haber podido ayudarle!
Solía pasar horas a su lado. La gente me miraba, extrañada. ¿Quién  iba a imaginarse lo que significaba para mí esa majestuosa mole  vegetal?


Él

Vinieron. De chaleco naranja y casco. Pusieron vallas de ambos lados. Para que no pasara nadie mientras trabajan. Traen una motosierra con motor a explosión.
Siempre supe que algún día vendrían. Que era sólo una cuestión de tiempo.
--Lástima que haya que sacarlo --dice el de la motosierra--. Debe de tener cien años. ¿Quién sabe? Quizá  hasta bastante más.
--Es un peligro para el tren --contesta su compañero. De todos modos, ya ha sido recortado de los costados. Dejó de ser un lindo ejemplar.
Colocan la hoja dentada en mi costado, cerca del suelo. La sierra se pone a cantar. Primero cortan una muesca horizontal. Luego una oblicua, de arriba para abajo. Sacan así un taco triangular de mi bajo tronco, del lado del paseo. Para que no caiga sobre la vía del tren.
Ahora que está ocurriendo lo que temía desde hace mucho tiempo, me siento raro. Como si no fuera yo a quien le siegan la vida. Me duele el corte, pero no más que la vez que me amputaron las ramas laterales. Pienso en ella. ¿Qué dirá cuando se entere?
Escucho el silbato del tren. Será la última vez que me moleste.
Entonces la veo. Viene del otro lado de la vía con paso enérgico. Mira en mi dirección. Se da cuenta de lo que está pasando. Se pone a correr como enloquecida. La barrera está baja. La sortea. No presta atención al silbato estridente que se hace continuo, ni al tren que se acerca. Se lanza sobre la vía, jadeante, sin mirar ni a izquierda ni a derecha. Con todos los músculos tensos, como una flecha disparada, logra cruzar a escasos metros delante de la locomotora.
Entretanto los hombres han insertado la hoja de acero al otro lado de mi tronco, justo frente a la primera incisión. Siento la mordedura. Otra vez, la sierra se pone a cantar, cada vez más alto.


Ella


Les hago señas desesperadas.
--Paren, paren -- grito. Derribo la valla. Se escucha un ruido seco. A madera que se rompe. Como un quejido. Veo las caras horrorizadas. Me vienen ganas de reír. Llegué tarde. Pero estoy a tiempo para abrir los brazos y recibirlo. Siento un golpe. Luego el desmayo.
Estoy saliendo de mí misma. Elevándome. Más y más alto. Más y más lejos.
Esta vez para no volver.


Él


No quería lastimarla.
Ahora la llevo conmigo. Nos elevamos juntos hacia las estrellas --el espectro del ombú y el alma de la mujer--, fusionados en un único haz de energía. Amalgamados en un abrazo  donde el tú y el yo se confunden.
Como cielo y agua.
Como dos amantes.

 

LOS TAMBORES DEL MIEDO
María Radó



Su silencio significaba concordancia. Hasta sin hablar se entendían. El amor es un comprenderse sin palabras. Vibraban al unísono en el canto que había nacido en sus corazones. Percibían el batir de inmensas alas, en ellos, encima de ellos, alrededor de ellos. En su alma la dicha y el dolor se daban la mano. Comprendieron que amor es arte; la más grande de todas las artes. Karola percibió que amor y arte nacen y se nutren de las mismas raíces: renuncia y superación del ego, inspiración y perseverancia, entusiasmo y abnegación, imaginación y creatividad. Amor y arte son un entregarse sin reservas; surgen de lágrimas y de sufrimiento; de esperanza y de fe. Para ambos se necesita talento y aplicación. Hay que nacer para el amor. Hay que aprender el amor. Como el arte.
También intuyó que es más difícil amar que producir una obra de arte. El amor es una obra de arte viviente que nunca se termina, creada por dos artistas: los amantes. Si éstos dejan de recrearlo permanentemente el amor se muere. Se desintegra, se disuelve, se desvanece; sólo queda su recuerdo, su fantasma.

XX

Estaba enferma. Muy enferma. Llevaba en el pecho su corazón como si fuera un tumor ulcerado. Padecía fuertes dolores que no le daban sosiego ni de día ni de noche, y para los cuales no existían ni remedios, ni calmantes. Sus sufrimientos eran tan intensos que apenas los soportaba, ya que su resistencia física iba mermando poco a poco.
Fue entonces cuando decidió hacer una visita a su odontólogo. De todos modos era conveniente hacerse revisar y arreglar eventuales caries antes de iniciar su periplo de tres semanas por el Océano Atlántico.
El odontólogo era joven y sus honorarios siempre le habían parecido razonables. Le encontró dos caries y ofreció aplicarle una inyección para insensibilizar el área, pero ella rehusó. El dentista le informó que especialmente una de las caries era bastante profunda, y que por lo menos en este caso estaba indicada la anestesia. Karola le dijo que levantaría la mano derecha si no aguantaba el dolor, y que entonces estarían a tiempo para que le aplicase la inyección propuesta.
El dentista empezó a perforar. Usaba un torno anticuado, sin refrigeración con agua. Karola retuvo la respiración, se puso tiesa y apretó con todas sus fuerzas los apoya-brazos del sillón. Cada vez que él pisaba el pedal se escuchaba el zumbido del aparato y ella sentía un calor abrasador en la muela, que se intensificaba hasta límites insoportables. El nervio se contraía, se retorcía, se arqueaba. Finalmente toda ella quedó convertida en un inmenso nervio convulsionado, y el dolor creció hasta alcanzar dimensiones desconocidas, rayando en lo inaguantable.
Pero en el mismo instante --¡oh, gloria!--, cesó el dolor de su corazón. No levantó la mano derecha. Se entregó al frenesí del dolor de muelas y descansó de sus penas de amor.


CASA SIN VENTANAS
Pipo Pescador


Mi nombre es Pampa. Soy un perro labrador de pura sangre. Tengo pelaje dorado como la arena bajo el sol, un carácter afable y muy buena disposición de ánimo para con mi amo.
Soy fiel y tolerante. Pertenezco a una raza canina que hace años se especializa en atender personas con problemas. Nací en un criadero y tuve cuatro hermanos que fueron a vivir a distintos hogares cuando se destetaron. Dos salieron juntos para cuidar una casa en las afueras de Buenos Aires. Otro es la mascota de un velero que navega por el Río de la Plata y la única hembra que había, acompaña a un hombre ciego y le ayuda a cruzar la calle, ya que sabe leer las luces.
Mi destino fue distinto al de mis hermanos, porque me compraron para ayudar a Dante, un niño de ocho años, muy especial. [...]

Yo iba y venía agitando la cola y saludando con la mano extendida. Me revolcaba sobre la alfombra, para romper el hielo, pero nada sucedía. Dante seguía con la mirada en un punto fijo y no cambiaba su actitud. No les cuento nada más en este capítulo porque es la presentación y debo ser breve.
El libro comienza a partir de ahora y si lo leen, sabrán cuál fue mi destino y aprenderán cosas interesantes sobre la vida de Dante, que es un niño autista.

 

MARÍA CARACOLITO
Pipo Pescador



María Caracolito
camina lento
como un barco de vela
con poco viento.
María Caracolito
habla cerrado;
ya aparecerá la llave
del candado.
Como pétalo que cae
de una rosa,
asoma su lengüita
silenciosa.
Bailan, juega,
pintan un garabato.
Todos en un instante.
Ella en un rato.
Los ojos tras las lentes
de cristal,
son botones de nácar
en su ojal.
María Caracolito
camina y no vuela.
Tal vez le crezcan alas en la escuela.


LA CAMPANA BAJO EL AGUA
Pipo Pescador



Háblame de frente
lento, poco a poco.
No te olvides nunca
que oigo con los ojos.

Mis ojos son mágicos
mis ojos son sabios.
Leen el periódico
y leen los labios.

Oyente tu afecto,
sordo tu egoísmo,
piensa al escucharme:
no se oye a sí mismo.

Construí palabras
con tiempo y paciencia;
un poco de amor,
un poco de ciencia.

Yo sé que es posible
pronunciar perfecto,
con sinceridad
la palabra "afecto".


BUENOS AIRESITOS
Pipo Pescador



Hay una ciudad de Buenos Airesitos, con parques de piso blando y sol compañero. Una ciudad que a veces se vuelve pequeña como vos y pone todos sus tesoros al lacance de tu mano. Tu barrio es la vereda que conocés, la calle que te animás a cruzar solo, las cuadras que separan tu casa de la escuela o de la plaza.

"El Congreso": Es un enorme palacio color ceniza, detrás del cual se va a esconder el sol cuando termina el día. Sus ventanas, columnas, estatuas y cornisas, son un laberinto donde se extravía la mirada de los chicos. [...]

"El Teatro Colón": Tiene cien años, y una fama que trasciende las fronteras de nuestra patria. Si lo porteños fuésemos piratas, el Teatro Colón sería nuestro tesoro más preciado. [...]

"La Boca": Es un barrio para pasear. Las casas tienen todos los colores de una caja de pinturas. El Teatro Caminito es una calle. Cuando hay función los vecinos ven a llos actores desde su ventana, mientras toman mate. [...]

"Estatuas": Hay muy pocas estatuas cómodamente sentadas. La mayoría permanecen inmóviles en posiciones forzadas, desnudas y solas, arriba de altos pedestales. [...]

 

LA TIERRA, NUESTRO TRAJE ESPACIAL
Abu Pepe



¿Te preguntaste alguna vez qué distancia hay entre el Sol y la Tierra? Son 150 millones de kilómetros. Una distancia casi imposible de imaginar.
Ahora que sabes cuán lejos está el Sol de la Tierra, te preguntarás cuánto tiempo tarda la luz del Sol en llegar hasta ti. Seguramente te asombrará saber que en sólo 8 minutos la luz recorre esta enorme distancia.


EL DESIERTO, SUS MARAVILLAS Y SUS PELIGROS
Abu Pepe



¿Alguna vez te has imaginado cómo se viaja por un desierto y cómo se transportan mercancías y alimentos de un punto a otro?
El uso de vehículos a motor está limitado a las pocas rutas existentes. Los habitantes de los desiertos siguen viajando por las tradicionales rutas de las caravanas, de la misma manera en que lo hacían sus antepasados desde hace miles de años, de oasis en oasis, de un ojo de agua a otro, para descansar y abastecerse.
Sin prisa avanzan por esa vasta planicie solitaria que se extiende hasta el horizonte, interrumpida solamente por las suaves ondulaciones de las dunas.
El cielo es radiante, sin una sola nube. Hace calor, mucho calor.


LOS SENTIDOS Y LA SUPERCOMPU
Abu Pepe



Nuestros Cinco Sentidos recogen datos en base a estímulos del mundo externo. Estos datos son transmitidos por nuestro sistema nervioso a la supercomputadora, que es nuestro cerebro. Los datos son decodificados, clasificados y ordenados. Algunos son enviados directamente al sistema del <piloto automático>, que ejecuta las acciones inconscientes necesarias para mantener nuestro organismo funcionando. Las funciones básicas de nuestro cuerpo son ajenas a nuestra voluntad.
Además de las acciones maquinales, también ejecutamos acciones voluntarias. En este punto interviene el operador de la supercomputadora, la mente.


DE ARENA Y OTROS CUENTOS
Abu Pepe



"De la Arena": Muchas cosas de la vida, por lo tanto también de TU vida, tienen que ver con la arena. Toma una piedra en tu mano, si ésta fuera mucho, pero mucho más grande, podría ser una montaña. Si fuera mucho más chica, sería un grano de arena. Debes saber que todos los granos de arena de todo el mundo, de las playas, de los desiertos y de las dunas fueron una vez parte de una piedra y ésta fue antes parte de una roca y la roca a su vez parte de una montaña. Todo esto tardó mucho, pero mucho tiempo, millones de años. Si te asusta la expresión <millones de años>, piensa sólo que fue mucho tiempo.


SAND AND OTHER STORIES
Abu Pepe



Many things in life, in YOUR life too, have to do with sand. Pick up a stone, if this stone were much larger, it could be a mountain. If it were much smaller, it would be a grain of sand. You should know that all grains of sand on Earth, the sand of the beaches, of the deserts and the dunes, once were part of a stone, this stone had been part of a rock and the rock had been part of a mountain. All this took a long time, a very long long time, millions of years. If the expression “millions of years” seems scary, than just imagine a very very long time.


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